Hay una cosa que podría definir como mi segundo hobbie, si es que se puede definir así, y es viajar. Opino que es algo ligado a la fotografía. Desde muy pequeñita me han inculcado que viajar abre la mente, conocer otras culturas nos hace más tolerantes y aprendemos a darle la importancia y el respeto que se merecen las personas de distintas etnias y creencias.

Cuando viajo, no suelo comprar suvenires, a parte de una postal que mando desde allí a mi madre. Para mi el mejor suvenir es una foto. Tengo infinitas carpetas en mi ordenador con nombres de ciudades.

Una de las ciudades en las que más disfrute fue Roma y el norte de Italia. Estuve una semana en Roma, y luego volamos hasta Milán y allí alquilamos un coche con el que hicimos un recorrido por Lago di Como, Módena, Venecia y Verona. He de confesar que estoy enamorada de este país. Tiene una riqueza cultural impresionante (y gastronómica, todo hay que decirlo) y sitios mágicos. Estoy ya planeando un tour en coche por el sur, que es lo que me falta.

Y es que cuando te topas con un sitio precioso, mágico y consigues inmortalizarlo con el respeto que se merece y encima llegas a poder transmitir lo que sentiste en ese momento, ahí te sientes vencedor. Porque una de las cosas más difíciles es poder transmitir y que tu fotografía tenga alma, que no sea más que una foto. Y si, así es como yo las distingo. Una foto es la que me echo con mis amigos, de risas. Una fotografía es esa que consigue transmitir algo, es esa que hace que cuando la veas te tele transportes a ese momento. Que huelas la fragancia de las flores de cerezo en los parques de Japón o que escuches el rumor de las olas de una cala secreta en Formentera.

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